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domingo, 26 de noviembre de 2023

 

Fuente Internet

Una broma extraña

[Cuento - Texto completo.]

Agatha Christie

-Y esta -dijo Juana Helier completando la presentación- es la señorita Marple.

Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.

Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento con ella gracias a Juana, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena… él era Eduardo Rossiter, un gigante rubio y afable.

Charmian dijo, algo cortada:

-¡Oh!, estamos encantados de conocerla.

Mas sus ojos no corroboraban tales palabras y los dirigió interrogadores a Juana Helier.

-Querida -dijo ésta, respondiendo a la mirada-, es maravillosa. Déjenselo todo a ella. Te dije que la traería aquí y eso he hecho -se dirigió a la señorita Marple-. Usted lo arreglará. Le será fácil.

La señorita Marple volvió sus ojos de un color azul porcelana hacia el señor Rossiter.

-¿No quiere decirme de qué se trata? -le dijo.

-Juana es amiga nuestra -intervino Charmian, impaciente-. Eduardo y yo estamos en un apuro. Y Juana nos dijo que si veníamos a su fiesta nos presentaría a alguien que era… que haría… que podría…

Eduardo acudió en su ayuda.

-Juana nos dijo que era usted la última palabra en sabuesos, señorita Marple.

Los ojos de la solterona parpadearon de placer, mas protestó con modestia:

-¡Oh, no, no! Nada de eso. Lo que pasa es que viviendo en un pueblecito como vivo yo, una aprende a conocer a sus semejantes. ¡Pero la verdad es que ha despertado usted mi curiosidad! Cuénteme su problema.

-Me temo que sea algo vulgar… Se trata de un tesoro enterrado -explicó Eduardo Rossiter.

-¿De veras? ¡Pues me parece muy interesante!

-¿Sí? ¡Como la Isla del Tesoro! Nuestro problema carece de detalles románticos. No hay un mapa señalado con una calavera y dos tibias cruzadas, ni indicaciones como por ejemplo…, «cuatro pasos a la izquierda; dirección noroeste». Es terriblemente prosaico… Ni tan solo sabemos dónde hemos de escarbar.

-¿Lo ha intentado ya?

-Yo diría que hemos removido dos acres cuadrados. Todo el terreno lo hemos convertido casi en un huerto, y sólo nos falta decidir si sembramos coles o papas.

-¿Podemos contárselo todo? -dijo Charmian con cierta brusquedad.

-Pues claro, querida.

-Entonces busquemos un sitio tranquilo. Vamos, Eduardo.

Y abrió la marcha en dirección a una salita del segundo piso, luego de abandonar aquella estancia tan concurrida y llena de humo.

Cuando estuvieron sentados, Charmian comenzó su relato.

-¡Bueno, ahí va! La historia comienza con tío Mathew, nuestro tío… o mejor dicho, tío abuelo de los dos. Era muy viejo. Eduardo y yo éramos sus únicos parientes. Nos quería y siempre dijo que a su muerte repartiría su dinero entre nosotros. Bien, murió (el mes de marzo pasado) y dejó dispuesto que todo debía repartirse entre Eduardo y yo. Tal vez por lo que he dicho le parezca a usted algo dura… no quiero decir que hizo bien en morirse… los dos lo queríamos…, pero llevaba mucho tiempo enfermo. El caso es que ese «todo» que nos había dejado resultó ser prácticamente nada. Y eso, con franqueza, fue un golpe para los dos, ¿no es cierto, Eduardo?

El bueno de Eduardo asintió:

-Habíamos contado con ello -explicó-. Quiero decir que cuando uno sabe que va a heredar un buen puñado de dinero…, bueno, no se preocupa demasiado en ganarlo. Yo estoy en el ejército… y no cuento con nada más, aparte de mi paga… y Charmian no tiene un peso. Trabaja como directora de escena de un teatro… cosa muy interesante… pero que no da dinero. Teníamos el propósito de casarnos, pero no nos preocupaba la parte monetaria, porque ambos sabíamos que llegaría un día en que heredaríamos.

-¡Y ahora resulta que no heredamos nada! -exclamó Charmian-. Lo que es más, Ansteys… que es la casa solariega, y que tanto queremos Eduardo y yo, tendrá que venderse. ¡Y no podemos soportarlo! Pero si no encontramos el dinero de tío Mathew, tendremos que venderla.

-Charmian, tú sabes que todavía no hemos llegado al punto vital -dijo el joven.

-Bien, habla tú entonces.

Eduardo se volvió hacia la señorita Marple.

-Verá usted -dijo-. A medida que tío Mathew iba envejeciendo, se volvía cada vez más suspicaz, y no confiaba en nadie.

-Muy inteligente por su parte -replicó la señorita Marple-. La corrupción de la naturaleza humana es inconcebible.

-Bueno, tal vez tenga usted razón. De todas formas, tío Mathew lo pensó así. Tenía un amigo que perdió todo su dinero en un Banco, y otro que se arruinó por confiar en su abogado, y él mismo perdió algo en una compañía fraudulenta. De este modo se fue convenciendo de que lo único seguro era convertir el dinero en barras de oro y plata y enterrarlo en algún lugar adecuado.

-¡Ah! -dijo la señorita Marple-. Empiezo a comprender algo.

-Sí. Sus amigos discutían con él, haciéndole ver que de este modo no obtendría interés alguno de aquel capital, pero él sostenía que eso no le importaba. «El dinero -decía- hay que guardarlo en una caja debajo de la cama o enterrarlo en el jardín». Y cuando murió era muy rico. Por eso suponemos que debió enterrar su fortuna. Descubrimos que había vendido valores y sacado grandes sumas de dinero de vez en cuando, sin que nadie sepa lo que hizo con ellas. Pero parece probable que fiel a sus principios comprara oro para enterrarlo y quedar tranquilo -explicó Charmian.

-¿No dijo nada antes de morir? ¿No dejó ningún papel? ¿O una carta?

-Esto es lo más enloquecedor de todo. No lo hizo. Había estado inconsciente durante varios días, pero recobró el conocimiento antes de morir. Nos miró a los dos, se rió… con una risita débil y burlona, y dijo: «Estarán muy bien, pareja de tortolitos.» Y señalándose un ojo… el derecho… nos lo guiñó. Y entonces murió…

-Se señaló un ojo -repitió la señorita Marple, pensativa.

-¿Saca alguna consecuencia de esto? -lepreguntó Eduardo con ansiedad-. A mí me hace pensar en el cuento de Arsenio Lupin. Algo escondido en un ojo de cristal. Pero nuestro tío Mathew no tenía ningún ojo de cristal.

-No -dijo la señorita Marple meneando la cabeza-. No se me ocurre nada, de momento.

-¡Juana nos dijo que usted nos diría en seguida dónde teníamos que buscar! -se lamentó Charmian, contrariada.

-No soy precisamente una adivina -la señorita Marple sonreía-. No conocí a su tío, ni sé la clase de hombre que era, ni he visto la casa que les legó ni sus alrededores.

-¿Y si visitase aquello, lo sabría? -preguntó Charmian.

-Bueno, la verdad es que entonces resultaría bastante sencillo -replicó la señorita Marple.

-¡Sencillo! -repitió Charmian-. ¡Venga usted a Ansteys y vea si descubre algo!

Tal vez no esperaba que la señorita Marple tomara en serio sus palabras, pero la solterona repuso con presteza:

-Bien, querida, es usted muy amable. Siempre he deseado tener ocasión de buscar un tesoro enterrado. ¡Y, además, en beneficio de una pareja de enamorados! -concluyó con una sonrisa resplandeciente.

 

-¡Ya ha visto usted! -exclamó Charmian con gesto dramático.

Acababan de realizar el recorrido completo de Ansteys. Estuvieron en la huerta, convertida en un campo atrincherado. En los bosquecillos, donde se había cavado al pie de cada árbol importante, y contemplaron tristemente lo que antes fuera una cuidada pradera de césped. Subieron al ático, contemplando los viejos baúles y cofres con su contenido esparcido por el suelo. Bajaron al sótano, donde cada baldosa había sido levantada. Midieron y golpearon las paredes y la señorita Marple inspeccionó todos los muebles que tenían o pudieran tener algún cajón secreto.

Sobre una mesa había un montón de papeles… todos los que había dejado el fallecido Mathew Straud. No se destruyó ninguno y Charmian y Eduardo repasaban una y otra vez las facturas, invitaciones y correspondencia comercial, con la esperanza de descubrir alguna pista.

-Cree usted que nos hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le preguntó Charmian a la señorita Marple.

-Me parece que ya lo han mirado todo, querida -dijo la solterona moviendo la cabeza-. Tal vez si me permiten decirlo, han mirado demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un plan. Es como mi amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda que enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda que incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora Eldritch salía de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies, y tuvo tan mala caída que se rompió una pierna. Fue muy desagradable, pues naturalmente la puerta del cuarto de baño estaba cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y entrar por la ventana… con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una mujer muy pudorosa.

Eduardo se removió, inquieto.

-Por favor, perdóneme -apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre tengo tendencia a salirme por la tangente. Pero es que una cosa me recuerda otra, y algunas veces me resulta provechoso. Lo que quise decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro ingenio y pensar en un lugar apropiado…

-Piénselo usted, señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-. Charmian y yo tenemos el cerebro en blanco.

-Vamos, vamos. Claro… es una dura prueba para ustedes. Si no les importa voy a repasar bien estos papales. Es decir, si no hay nada personal… no me gustaría que pensaran ustedes que me meto en lo que no me importa.

-Oh, puede hacerlo. Pero me temo que no va a encontrar nada.

Se sentó a la mesa y metódicamente fue mirando el fajo de documentos… y clasificándolos en varios montoncitos. Cuando hubo concluido se quedó mirando al vacío durante varios minutos.

Eduardo le preguntó, no sin cierta malicia:

-¿Y bien, señorita Marple?

Miss Marple se rehizo con un ligero sobresalto.

-Le ruego me perdone. Estos documentos me han servido de gran ayuda.

-¿Ha descubierto algo importante?

-¡Oh!, no, nada de eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío Mathew… bastante parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado a las bromas. Un solterón sin duda… me pregunto por qué… ¿tal vez a causa de un desengaño prematuro? Metódico hasta cierto punto, pero poco amigo de sentirse atado…, como casi todos los solterones.

A espaldas de la señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que significaba: «Está loca del todo.»

Miss Marple seguía hablando de su difunto tío Enrique.

-Era muy aficionado a las charadas -explicaba-. Para algunas personas las charadas resultan muy difíciles y les molestan. Un mero juego de palabras puede irritarles. También era un hombre receloso. Siempre pensaba que los criados le robaban. Y algunas veces era verdad, aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin de su vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa que huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el contenido de un huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros tiempos! Le gustaba mucho tomar café después de cenar. Solía decir: «Este café es muy negro», y con ello quería significar que deseaba otra taza.

Eduardo pensó que si oía algo más sobre el tío Enrique se volvería loco.

-Le gustaban mucho las personas jóvenes -proseguía la señorita Marple-, pero se sentía inclinado a atormentarlos un poco… no sé si me entenderán… Solía poner bolsas de caramelos donde los niños no pudieran alcanzarlas.

Dejando los cumplidos a un lado, Charmian exclamó:

-¡Me parece horrible!

-¡Oh, no, querida!, sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los pequeños. Y la verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero en la casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por ello… diciendo lo bien escondido que estaba. Y por hablar demasiado, una noche entraron los ladrones y abrieron un boquete en el escondrijo.

-Le estuvo muy bien empleado -exclamó Eduardo.

-Pero no encontraron nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es que guardaba su dinero en otra parte… detrás de unos libros de sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie los sacaba nunca de aquel estante!

-Oiga, es una idea -interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece si miráramos en la biblioteca?

Charmian meneó la cabeza.

-¿Crees que no he pensado en eso? El martes pasado miré todos los libros cuando tú fuiste a Portsmouth. Los saqué uno por uno y los sacudí. Tampoco en la biblioteca hay nada.

Eduardo exhaló un suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a deshacerse con tacto de su insoportable visitante.

-Ha sido usted muy amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya servido de nada. Comprendo que hemos abusado de su tiempo. No obstante… sacaré el coche y podrá alcanzar el tren de las tres treinta…

-¡Oh! -repuso la señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar el dinero, ¿verdad? No debe darse por vencido, señor Rossiter. Si la primera vez no tiene éxito, hay que intentarlo otra y otra, y otra vez.

-¿Quiere decir que va a continuar intentándolo?

-Pues para hablar con exactitud -replicó la solterona- todavía no he empezado. Primero se coge la liebre… como dice la señora Beeton en su libro de cocina… un libro estupendo, pero terriblemente imposible… la mayoría de sus recetas empiezan diciendo: «Se toma una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme pensar…, ¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta decidir dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien sencillo.

-¿Sencillo? -se extrañó Charmian.

-Oh, sí, querida. Estoy segura de que habrá utilizado el medio más fácil. Un cajón secreto… ésa es mi solución.

Eduardo dijo con sequedad:

-No pueden guardarse muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto.

-No, no, claro que no. Pero no hay razón para creer que el dinero fuese convertido en oro.

-Él siempre decía…

-¡Y mi tío Enrique siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo firmemente que lo dijo para despistar. Los diamantes pueden esconderse con facilidad en un cajón secreto.

-Pero ya lo hemos mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que examinase los muebles.

-¿De veras, querida? Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio de su tío es el lugar más apropiado. ¿Es aquél que está apoyado contra la pared?

-Sí. Voy a enseñárselo.

Charmian se acercó al mueble y lo abrió. En su interior aparecieron varios casilleros y cajoncitos. Luego, accionando una puertecita que había en el centro, tocó un resorte situado en el interior del cajón de la izquierda, El fondo de la caja del centro se adelantó y la joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba vacío.

-¿No es casualidad? -exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique tenía un escritorio igual que éste sólo que era de madera de nogal y éste es de caoba.

-De todas maneras -dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay nada.

-Me imagino -replicó la señorita Marple- que ese experto que trajeron ustedes sería joven…, y no lo sabía todo. La gente era muy mañosa para construir sus escondrijos en aquellos tiempos. A veces hay un secreto dentro de otro secreto.

Y quitándose una horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la enderezó y apretó con ella un punto de la caja secreta en el que parecía haber un diminuto agujero tal vez producido por la carcoma, y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En él apareció un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado.

Eduardo y Charmian se apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el papel con dedos temblorosos, mas lo dejó caer con una exclamación de disgusto.

-¡Una receta de cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah!

Charmian estaba desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y sacando una exclamó:

-¡Cartas de amor!

-¡Qué interesante! -exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos explique la razón de que no se casara su tío.

Charmian leyó:

«Mi querido Mathew, debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy largo desde que recibí tu última carta. Trato de ocuparme en las distintas tareas que me fueron encomendadas, y me digo a menudo lo afortunada que soy al poder ver tantas partes del globo, aunque bien poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a viajar hasta estas lejanas islas.»

Charmian hizo una pausa.

-¿Dónde está fechado esto? ¡Oh, en Hawai!

«Cielos, estos nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven semidesnudos y en un estado completamente salvaje; pasan la mayor parte del tiempo nadando o bailando, y adornándose con guirnaldas de flores. El señor Gray ha conseguido convertir a algunos, pero es una tarea difícil y él y su esposa se sienten muy descorazonados. Yo procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me siento triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas promesas de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te pertenecerá mi corazón, querido Mathew, y seré siempre tuya,

betty martin

P. D.: Dirijo mi carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de costumbre. Espero que el Cielo perdone este subterfugio.»

Eduardo lanzó un silbido.

-¡Una misionera! Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto por qué no se casaron.

-Al parecer recorrió casi todo el mundo -dijo Charmian examinando las misivas-. Mauricio… toda clase de sitios. Probablemente moriría víctima de la fiebre amarilla o algo así.

Una risa divertida les sobresaltó. La señorita Marple lo estaba pasando en grande.

-Vaya, vaya -dijo-. ¡Fíjense en esto ahora!

Estaba leyendo para sí la receta de jamón al horno, y al ver sus miradas interrogadoras, prosiguió en voz alta:

«Jamón al horno con espinacas. Se toma un pedazo bonito de jamón, rellénese de dientes de ajo y cúbrase con azúcar moreno. Cuézase a fuego lento. Servirlo con un borde de puré de espinacas.»

-¿Qué opinan de esto?

-Yo creo que debe resultar un asco -dijo Eduardo.

-No, no, tiene que resultar muy bueno…, pero, ¿qué opinan de todo esto?

-¿Usted cree que se trata de una clave… o algo parecido? -exclamó Eduardo con el rostro iluminado y cogiendo el papel-. Escucha, Charmian, ¡podría ser! Por otra parte, no hay razón para guardar una receta de cocina en un lugar secreto.

-Exacto -repuso la señorita Marple.

-Ya sé lo que puede ser… una tinta simpática -dijo Charmian-. Vamos a calentarlo. Enciende una bombilla.

Pero hecha la prueba, no apareció ningún signo de escritura invisible.

-La verdad -dijo la señorita Marple, carraspeando-, creo que lo están complicando demasiado. Esta receta es sólo una indicación, por así decir. Según mi parecer, son las cartas lo significativo.

-¿Las cartas?

-Especialmente la firma.

Mas Eduardo apenas la escuchaba, y gritó excitado:

-¡Charmian! ¡Ven aquí! Tiene razón… Mira… los sobres son bastante antiguos, pero las cartas fueron escritas muchos años después.

-Exacto -repuso la señorita Marple.

-Sólo se ha tratado de que parezcan antiguas. Apuesto a que el propio tío Mathew lo hizo…

-Precisamente -confirmó la solterona.

-Todo esto es un engaño. Nunca existió esa misionera. Debe tratarse de una clave.

-Mis queridos amigos… no hay necesidad de complicar tanto las cosas. Su tío en realidad era un hombre muy sencillo. Quería gastarles una pequeña broma. Eso es todo.

Por primera vez le dedicaron toda su atención.

-¿Qué es exactamente lo que quiere usted decir, señorita Marple? -preguntó Charmian.

-Quiero decir que en este preciso momento tiene usted el dinero en la mano.

Charmian miró el papel.

-La firma, querida. Ahí es donde está la solución. La receta es sólo una indicación. Ajos, azúcar moreno y lo demás, ¿qué es en realidad? Jamón y espinacas. ¿Qué significa? Una tontería. Así que está bien claro que lo importante son las cartas. Y entonces si consideran lo que su tío hizo antes de morir… guiñarles un ojo, según dijeron ustedes. Bien… eso, como ven, les da la pista.

-¿Está usted loca o lo estamos todos? -exclamó Charmian.

-Sin duda, querida, debe haber oído alguna vez la expresión que se emplea para significar que algo no es cierto, ¿o es que ya no se utiliza hoy en día? Tengo más vista que Betty Martin.

Eduardo susurró mirando la carta que tenía en la mano:

-Betty Martin…

-Claro, señor Rossiter. Como usted acaba de decir, no existe… no ha existido jamás semejante persona. Las cartas fueron escritas por su tío, y me atrevo a asegurar que se debió divertir de lo lindo. Como usted dice, la escritura de los sobres es mucho más antigua… en resumen, los sobres no corresponden a las cartas, porque el matasello de una de ellas data de 1851.

Hizo una pausa y repitió con énfasis.

-Mil ochocientos cincuenta y uno. Y eso lo explica todo, ¿verdad?

-A mí no me dice nada absolutamente -repuso Eduardo.

-Pues está bien claro -replicó la señorita Marple-. Confieso que no se me hubiera ocurrido, a no ser por mi sobrino-nieto Lionel. Es un muchacho encantador y un apasionado coleccionista de sellos. Sabe todo lo referente a la filatelia. Fue él quien me habló de ciertos sellos raros y rarísimos, y de un nuevo hallazgo que había sido vendido en subasta. Y ahora recuerdo que mencionó uno… de 1851 de 2 céntimos y color azul. Creo que vale unos veinticinco mil dólares. ¡Imagínese! Me figuro que los demás también serán ejemplares raros y de precio. No dudo de que su tío los compraría por medio de intermediarios y tendría buen cuidado en «despistar», como se dice en los relatos de detectives.

Eduardo lanzó un gemido y, sentándose, escondió el rostro entre las manos.

-¿Qué te ocurre? -quiso saber Charmian.

-Nada. Es sólo de pensar que a no ser por la señorita Marple, pudimos haber quemado esas cartas para no profanar los recuerdos sentimentales de nuestro tío.

-¡Ah! -replicó la señorita Marple-. Eso es lo que no piensan nunca esos viejos aficionados a las bromas. Recuerdo que mi tío Enrique envió a su sobrina favorita un billete de cinco libras como regalo de Navidad. Los metió dentro de una felicitación que pegó de modo que el billete quedara dentro y escribió encima: «Con cariño y mis mejores augurios. Esto es todo lo que puedo mandarte este año.» La pobre chica se disgustó mucho porque lo creyó un tacaño y arrojó al fuego la felicitación. Y claro, entonces él tuvo que darle otro billete.

Los sentimientos de Eduardo hacia tío Enrique habían sufrido un cambio radical.

-SeñoritaMiss Marple -dijo-, voy a buscar una botella de champaña; brindemos a la salud de su tío Enrique.

FIN


Fuente: Una broma extraña - Agatha Christie - Ciudad Seva - 

sábado, 18 de noviembre de 2023






 

 PENSAMIENTOS DE UN CARDENAL


En este amanecer lloroso y frío no puedo por menos de recordar,  sin pretenderlo, sin premeditarlo y sin quererlo,  como estoy inmerso en un mar huracanado, lleno de  problemas externos e internos, en este Reino,  del que me he convertido en Regente.

No encuentro sosiego en mis rezos, no hallo tranquilidad como antes,  al acariciar y pasar las cuentas de mi rosario,  dedicando esos momentos a la Virgen, Madre de todos nosotros y no concilio el sueño,  desde que D. Fernando nos dejó, a sus vasallos, en estas áridas  tierras  Castellanas,  en las que solo se respira el polvo de los caminos,  levantado por los cascos de los caballos de los guardias reales, y el Rey se  sumió en un  eterno descanso.

Ay, Querida Isabel,  el día que te aconsejaron que yo fuera tu confesor, el día que decidiste que fuera tu consejero, el día que quisiste tenerme a tu lado, no te detuviste a meditar en ningún momento,  que este humilde siervo de Dios, lo único que pretendía y deseaba,  era seguir con la labor de la orden conventual a la que pertenecía.

Ay mi Señora, que tremenda carga dejasteis después de vuestra muerte, sobre los hombros de este pobre franciscano. Nunca pensé, en ningún momento me imaginé,  que la avaricia de poder y de riquezas,  estaría por encima del honor que se le otorga a alguien por la cuna en la que nace.

Las pretensiones de tu yerno Felipe llevaron a tu querido Fernando a refugiarse en su Reino de Aragón, pero las malas acciones se pagan y murió tan joven,  que no le dio tiempo a degustar sus triunfos de malas artes y traiciones.

Pobre tu hija Juana, enferma ? Si, muy enferma, pero no como pretenden hacer creer los que la rodeaban en Flandes. Que su cabeza no funciona bien desde el dia de su nacimiento? , No,  no es así, enferma si,  pero de Amor. Obsesionada por el marido que le buscasteis y del que se enamoró de tal forma,  que en su cabeza lo único que existió,  desde el mismo momento que le vió fue Felipe,  las caricias de Felipe y el entregarse de una forma tan brutal a los deseos de la  carne,  por complacer a su esposo que todo lo ha magnificado hasta extremos insospechados.

Nunca reaccionará ya, nunca volverá a ser una mujer alegre y no se preocupará por nada. Solamente le interesó procrear por la asunción con su marido,  seguirle como un perro faldero a todas partes y acecharle en las esquinas del castillo,  sorbiendo las babas que él le dejaba,  después de someter a todas las doncellas,  de las que se rodea la Corte de Flandes  y yo no he podido ayudar,  ya que nunca ha sido amiga ni de la Iglesia,  ni de los eclesiásticos . Vos lo sabías muy bien y lo ocultabais a todo el mundo por vergüenza.

Me llamo Francisco Jiménez de Cisneros, aunque mis padres me bautizaron con el nombre de Gonzalo, yo lo cambié cuando entre en la Orden franciscana. Desde mi niñez me gustaron los libros y  me dediqué al estudio. Desde mi estancia en Roma la dedicación al Señor nuestro Dios,  he tratado de llevarla desde la humildad y pobreza propia de la orden a la que pertenezco, pero me vi envuelto en las circunstancias que rodeaban mi vida.

He tratado de hacer las cosas lo mejor posible, pero dudo que,  en muchas ocasiones haya sido así y dudo también que lo consiga en lo sucesivo.

Desde mi puesto de Inquisidor,  he pretendido ser justo y evangelizar en las tierras de más allá del Océano y también aquí en España,  a cuanto infiel se ha puesto en el camino de la Iglesia.

Quizás por este nombramiento y también,  por el de ser ascendido en el seno de la Iglesia a Cardenal,  por la recomendación del  Rey Fernando y ahora ser a la muerte del Rey , el Regente del Reino, no gozo de lo que pudiera ser,  precisamente una buena popularidad, ni en la Corte ni en el pueblo, e incluso me atrevería a decir que tampoco en el Seno de la Iglesia.

Dios nuestro Señor sabe,  que estoy agotado, que he pretendido solamente servirle a Él y a nuestros Reyes y acatar las órdenes de nuestro Papa, que he tratado de ser justo,  en la medida de lo posible , sin que haya pronunciado queja alguna,  por lo que me ha tocado vivir sin quererlo y sin buscarlo.

Ya está el Sol en lo alto, ha nacido otro día, pero es un sol tímido que no calienta,  en este frío día, ni las paredes de este Castillo, ni tampoco los pobres huesos,  de este fraile envejecido,  por la edad y los acontecimientos.

Me encuentro solo y no quiero pensar que hasta odiado, pero no estoy arrepentido. Isabel, Fernando,  nadie sabrá muchas de las cosas que siempre callaré y los que ahora me juzgan mal,  quizás se equivocan. Yo sé que la Historia me absolverá y me pondrá en justo lugar.

Moriré siendo “El Cardenal“.



Carmen Jiménez

domingo, 8 de octubre de 2023

 VIAJE A "EL CAIRO "

Carmen Jiménez  
 
Manuel,  fue toda su vida un enamorado de los museos , del arte  y de los viajes. 
Después de trabajar más de media vida le llegó finalmente  la jubilación y decidió que era el momento de hacer un viaje que se había planteado muchas veces y que nunca hizo.

Lo único que necesitaba era un compañero de viaje,  pero no tenía a nadie adecuado que le quisiera acompañar y entonces pensó en su amigo Curro.  Aunque Curro era un andaluz alegre y con muy buen carácter, no era precisamente el compañero de un viaje artístico ni mucho menos histórico,  pero fue el único que se prestó a acompañarle a Egipto,, después de hacerle la oferta de que le invitaba.

Lo cierto es que Curro se prestaba a todo y era buena gente,  pero también  era un desastre,  aunque siempre le ponía la mejor voluntad a las cosas, siempre se le enredaban y tenía algún problema

Manuel  llegó junto con su amigo a El Cairo y estaba embargado de una alegría tan grande que ni prestó atención a la verborrea de su amigo Curro que no había parado de hablar desde que habían salido de Madrid.

Contrató para esa misma  tarde una visita guiada al Museo. Los grupos no eran muy grandes unas 30 personas y además el guía hablaba español, eso unido al precio que le pareció más bien barato, le animó a la reserva.

Curro le decía, pero bueno mi arma  es necesario ir dentro de una hora a ese museum que dices, ¿no podemos esperar a mañana?  Tengo los pies tan doloridos que zeguro que si me quito los calcetines parecerán dos pimientos morrones.

Manuel ni lo miró, estaba tan contento, que no se enteró de lo que su amigo le decía, le metió en el ascensor y se dirigió a la habitación que les habían designado. Dejaron el equipaje, y le dijo a Curro,  apúrate, ve al baño que tenemos el tiempo justo. El guía nos recoge en el hall del hotel en un momento.

Cuando llegaron al Museo con el grupo,  se vieron envueltos en una multitud de gentes que hablaban en distintos idiomas y el guía les llevaba por entre el gentío a la entrada. Había colocado en una varita una bandera española y les daba instrucciones para que no la perdieran de vista y se adentraron en el maravilloso Museo del Cairo.

Manuel estaba encantado y se empapaba en todo lo que iban viendo, sacaba fotos y tomaba notas, pero Curro estaba muerto de sueño, de sed y de cansancio y solo le preocupaban los dichosos pimientos morrones de sus pies que cada vez le pinchaban más.  Se fue quedando rezagado del grupo casi sin darse cuenta.  Y decidió tomarse un respiro cuando llegaban a un pasillo entre las dos salas,  muy próximas a la sala de las momias.


Se apoyó en la pared y de repente la pared cedió, se abrió lo que parecía una puerta, y  se precipitó al vacío.
Prácticamente fue como si la pared se lo tragase,  pues la abertura se cerró de golpe tras de él.

“La madre que me parió”  ¿pero que ha “pazao“?  Exclamó con un susto tremendo y dando un traspiés se encontró en una especie de pasadizo mal iluminado y con olor a humedad.  Acostumbró los ojos a la penumbra y miró hacia delante.  Le pareció que el suelo descendía en rampa. Tocó por detrás la pared rugosa y empujó por todos lados a ver si se abría otra vez el hueco, pero que va,  aquello no se movió nada.
“Pero bueno,  habló consigo mismo Curro,  No entiendo que me ha “pazao” y me estoy hasta mareando, solo he puesto la mano en la pared y como que se ha hundido y ahora no zé adonde eztoy, pues el tipo de la banderita seguro que no ezta por aquí.
Mira Curro se dijo, tú no eres un cobarde ni nada que se le parezca tu eres del Sevilla y no del Betis , azi que tienes que encontrar una solución al problema.

Lo mejor ez bajar ezta cuesta y a ver a donde voy , y silbando la melodía de la muerte tenía un precio, para darse ánimos,  comenzó a bajar por el camino de tierra y piedras que tenía ante él, con un paso ligero y diciéndose vamos quillo que peor tenías los pies la Semana Santa que sacaste al Cautivo en andas, azi que dale palante que Jezuz ayudara…..

Al cabo de un rato caminando,  que le pareció a Curro una eternidad, el pasadizo desembocó en una sala grande con columnas y en la que había a un lado y a otro muchas cajas grandes de madera , clavadas y con unos carteles escritos en no se sabía que idioma. La luz tenue y blanquecina de las pocas bombillas, proyectaban sombras fantasmagóricas en las paredes y a lo lejos Curro vió unos arcos,  otras salas, y cajas y más cajas. El olor a humedad se hizo más penetrante y Curro comenzó a ponerse nervioso.

Mientras, el grupo que iba detrás de la banderita de España con Manuel a la cabeza se detuvo en medio de una de las salas de las momias y el guía comenzó a hablar de la III dinastía y Manuel entonces se dio cuenta de que Curro no estaba en el grupo.
Miró por todos lados, pero no le vió y se dispuso a informar al guia de que faltaba su amigo.  !Oiga, Oiga, que nos falta una persona del grupo le dijó nervioso.

¿Qué falta uno? ¿ Pero es que no hay forma de que la gente entienda que hay permanecer unidos?  gritó el guía furioso. Mire vamos a terminar esta sala y después veremos a donde se ha metido su amigo y siguió con sus explicaciones con cara de malas pulgas.
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Curro tenía la boca seca y empezó a notar que un sudor frío le iba embargando. Suspiró y se sentó en una de las cajas y cuando su trasero se acomodó en la caja, la tapa de la caja,  que en realidad eran dos maderas mal clavadas, cedió y Curro se cayó adentró.
AY Virgen de los siete puñales, AY gimió,  que de zeguro me he roto el brazo el codo y no se que más, que dolor , AY AY y mientras se quejaba sintió algo debajo de él que le parecieron palos envueltos o algo así. 

Curro Tiró de uno de los trapos y pensó que se podría hacer un cabestrillo, siguió tirando, pero aquel trapo parecía que no se acababa nunca. Después de mucho tirar halló un extremo deshilachado . Como pudo comenzó a vendarse el brazo, pero como el trapo era tan largo terminó casi vendándose entero. En estos menesteres estaba,  cuando oyó a varias personas hablar en un idioma  que le pareció árabe y entonces se dio cuenta de que estaban clavando las maderas en la caja,  cerrándola.

Joer!! Oigan!! que estoy aquí !!  gritó por el amor de Dios ! No de me dejen dentro. Uy Curro ya la cagaste hay que decir ALÁ.

Por ALÄ gritó, pero que va,  los del martillo ni caso. Lo peor es que se había hecho tal lío con los trapos que ya ni se podía mover y tenía un olor a podrido metido en la nariz que le estaba dando naúseas. Notó como levantaban la caja y los hombres corrían con ella. Por la Virgen de la Esperanza sacarme de aquí, gritó otra vez, Ay que me he equivocao otra vez, Por la Madre de Mahoma ayuda!!, volvió a gritar.

En la sala de las momias Manuel estaba muy preocupado por la desaparición de Curro . “Donde se habrá metido este y es que solo se me ocurre a mi traer al Curro al Museo del Cairo, es que no escarmiento, si el día que le llevé al Museo del Prado,  casi nos echan por decir a voces que era un robo que cobrasen por enseñar muñecones pintados. Ay señor que  no se  pierda.

El guía en ese momento y con gran énfasis anunció que iban a poder admirar la momia recién encontrada y antes de que fuera expuesta, del principe Sabu. La dirección del museo deseaba que un grupo viera en estado natural la misma,  según la habían traído al museo desde Luxor.

Cuatro hombres fornidos se acercaron a la sala transportando una enorme caja de madera y la depositaron en el suelo. El guía hizo un poco de historia sobre el príncipe Sabu y quitaron los clavos a la tapa de la caja. 

La gente del grupo se agolpó a mirar y las risas se hicieron cada vez más sonoras. Manuel se acercó también a mirar y se quedó de una pieza cuando vió adentro a Curro adentro vendado o mejor dicho envuelto en trapos amarillentos, malolientes, sudando y gimiendo, con una tibia y una cráneo a  su lado.

Cuando Curro vió a Manuel asomar la cara por la caja le gritó “Compadre,  ven,  acércate más, que te voy a decir cual va a zer el próximo museo al que me vas llevar.

Carmen Jiménez




martes, 15 de agosto de 2023


Fuente: Internet

"Una flor amarilla", cuento de Julio Cortázar

UNA FLOR AMARILLA


Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. 

A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de una mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. 
Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer solo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.

Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. 

Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.

Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. 

Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.

—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio… Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, porque en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. 

Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades… La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. 

Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. 

Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrarse nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, no.

Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.

—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. 

Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.

Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.

—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.

Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que… Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. 

Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como esa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico… ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?

No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.

—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.


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